Un incidente clave sucedió cuando estuve como orador invitado en una iglesia presbiteriana. Había llegado al final del mensaje que había preparado, y no sabía cómo seguir.
Mientras permanecía tras el púlpito, noté una familia -padre, madre e hija adolescente- en la fila delantera a mi izquierda. Me vino un pensamiento: «Hay una maldición sobre esa familia». Esto no estaba relacionado con el tema de mi mensaje, o con cualquiera otra cosa que yo tuviera presente en aquel momento. No obstante, la idea no me dejaba: «Hay una maldición sobre esa familia».
Finalmente, después de algunos momentos de vacilación, salí detrás del púlpito y me dirigí al padre. Le expliqué lo que estaba sintiendo y le pregunté si quería que yo anulara la maldición y liberara de ella a la familia en el nombre de Jesús. Inmediatamente replicó que sí. Era la primera vez que yo hacía algo semejante y me sorprendió mucho que el hombre aceptara mi declaración en seguida. Sólo después comprendí por qué.
Regresé al púlpito y en voz alta pronuncié una breve oración rompiendo la maldición sobre la familia. No estaba tocando físicamente a ningún miembro de la familia mientras oraba, pero cuando concluí con las palabras En el nombre de Jesús, hubo una visible reacción física en toda la familia. Un momentáneo escalofrío pareció pasar por tumos a través de cada uno de ellos.
En ese momento, noté que la chica, que tendría alrededor de dieciocho años, tenía la pierna izquierda enyesada desde la cadera hasta la punta del pie. Me acerqué de nuevo al padre y le pregunté si deseaba que orara por la sanidad de la pierna de su hija. Otra vez me respondió positivamente, y añadió: «Pero debe saber que se ha roto la misma pierna tres veces en dieciocho meses, y los médicos dicen que no sanará». Oí semejante declaración –que una persona se haya roto la misma pierna tres veces en dieciocho meses-activaría una alarma dentro de mí diciéndome que hay una maldición obrando. En aquel tiempo, sin embargo, no vi conexión alguna entre la maldición y semejante sucesión antinatural de accidentes. Me limité a tomar la pierna enyesada, sosteniéndola entre mis manos y pronuncié una simple oración de sanidad. Pocas semanas más tarde recibí una carta del padre, agradeciéndome por lo que había sucedido: cuando llevaron otra vez a su hija a la clínica, una nueva placa mostró que su pierna había sanado, e inmediatamente le quitaron el yeso.
También mencionó brevemente una sucesión de extraños incidentes desagradables que habían afectado la vida de su familia, y eso explicaba su inmediata disposición para reconocer la necesidad de que toda la familia fuera liberada de la maldición.
En los meses subsiguientes, mi pensamiento regresaba a aquel incidente. Sentía que había algo significativo en el orden que el Espíritu Santo me había guiado.
Primero, me había revelado la maldición sobre la familia y me había instado para que la anulara. Sólo después me había dado libertad para orar por la sanidad de la pierna de la hija. Si yo hubiera orado por la sanidad sin primero anular la maldición ¿ habría sanado la pierna? Mientras más reflexionaba sobre la idea, más convencido estaba de que anular la maldición había sido un preludio esencial para la sanidad de la pierna de la chica. Era una barrera invisible que hubiera impedido la sanidad que Dios deseaba que ella recibiese.
Todo esto parecía coincidir de alguna forma con un incidente en mi propia vida. En 1904 mi abuelo materno había comandado una fuerza expedicionaria británica enviada a sofocar la Rebelión Bóxer en China. Había regresado con varios objetos de arte chino, que se convirtieron en reliquias familiares. En 1970, tras la muerte de mi madre, algunos de ellos pasaron como herencia a ser de mi propiedad.
Uno de los objetos más interesantes era un juego de cuatro dragones exquisitamente bordados, que fueron a ocupar un lugar de honor en las paredes de nuestro salón. La mezcla de los colores usados en ellos -principalmente púrpura y rojo- era típicamente oriental. Tenían cinco garras en cada pata, lo cual -me informó un experto– indicaba que eran dragones «imperiales». Y, debido a que había tenido una relación muy estrecha con mi abuelo, me traía recuerdos de mis primeros años en su casa.
Alrededor de aquella época, empecé a sentir una especie de oposición al éxito de mi ministerio que no podía definir ni identificar. Se manifestaba en varias formas de frustración, aparentemente sin relación entre sí, pero que producían una presión que se acumulaba contra mí. Encontraba barreras de comunicación que jamás se habían presentado con gente cercana a mí. Otros en quienes había confiado fallaban en su compromiso conmigo. Un legado sustancial de los bienes de mi madre se demoraba eternamente por la ineficiencia de un abogado.
Finalmente, dispuse pasar una temporada intensa de oración y ayuno. Muy pronto empecé a notar un cambio en mi actitud hacia los dragones. De vez en cuando, al mirarlos, venía a mi mente una pregunta: ¿Quién está representado como un dragón en la Biblia? No había dudas acerca de la respuesta: Satanás.’
Esta pregunta era seguida por otra: ¿Es apropiado que yo, como siervo de Cristo, exhiba en mi hogar objetos que tipifican al mayor enemigo de Cristo, Satanás? Una vez más la respuesta era clara: ¡No! Mi lucha interior continuó por un tiempo más, pero finalmente me deshice de los dragones. Lo hice como un simple acto de obediencia, sin ningún motivo ulterior. En aquel período yo estaba sirviendo como maestro bíblico para la Iglesia en general, hablando en grupos de varias clases a través de los Estados Unidos. Mis ingresos, que provenían de los honorarios que recibía, eran apenas suficientes para cubrir las necesidades básicas de mi familia. Sin embargo, poco después que me deshice de los dragones, mi posición económica experimentó una marcada mejoría. Sin ninguna planificación especial de mi parte, o ningún cambio en la naturaleza o alcance de mi ministerio, mis ingresos subieron a más del doble. También mi largamente demorado legado familiar me llegó finalmente.
Empecé a preguntarme si habría algún principio no descubierto que uniera esta mejoría inesperada de mi economía personal con la sanidad de la chica con la pierna fracturada. En el caso de la muchacha, una maldición sobre su familia había sido una barrera invisible para la sanidad. Cuando se quitó la barrera, se produjo la sanidad. En mi caso, también, quizás había alguna barrera invisible -no en la sanidad física, sino en la prosperidad económica-, que probaba ser un importante elemento en el plan de Dios para mi vida.
Cuanto más meditaba en esto, más convencido estaba de que aquellos dragones bordados habían traído una maldición a mi casa. Al deshacerme de ellos, me había librado de la maldición y me había abierto a la bendición que Dios había planeado para mí.
Estos cambios hicieron posible que comprara una casa, que había de desempeñar un papel decisivo en la subsecuente extensión de mi ministerio. ¡Nueve años después, [vendí aquella casa por tres veces más de lo que había pagado por ella! Este dinero llegó exactamente en un momento cuando Dios me estaba desafiando a enfrentar nuevos y mayores compromisos económicos.
Esa experiencia con los dragones me dio una nueva revelación del pasaje en Deuteronomio 7:25-26 donde Moisés advierte a Israel contra cualquier asociación con las naciones idólatras de Canaán:
Las esculturas de sus dioses quemarás en el fuego; no codiciarás plata ni oro de ellas para tomarlo para ti, para que no tropieces en ello, pues es abominación a Jehová tu Dios; y no traerás cosa abominable a tu casa, para que no seas anatema; del todo la aborrecerás y la abominarás, porque es anatema.
Tomado del Libro: Bendición o Maldición Por Dereck Prince
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