Bendición o Maldición Tu Eliges
En 1978, poco antes de casarnos, Derek y yo estábamos acostados en la playa en Fort Lauderdale, Florida, cuando le dije: «¿Pudieras orar por mis piernas? [Me duelen tanto. Inmediatamente él se arrodilló, colocó sus manos en mis pantorrillas… y empezó a hablarles:
«Gracias, piernas. Quiero que sepan que las quiero. Ustedes han llevado a Ruth con seguridad dondequiera que ha necesitado ir; y ahora la han traído hasta mí. jSe lo agradezco, piernas!»
Pensé que, para un serio maestro bíblico, esta era una forma extraordinaria de orar por su prometida. Pero el dolor se calmó.
Más tarde Derek me contó que él creyó que había estado «desdiciendo» algo que yo pude haber dicho de mis piernas.
Recordé entonces una escena en el dormitorio de las muchachas en mi liceo, cuando yo tenía quince o dieciséis años. Otra chica había entrado y empezó a peinarse el cabello. Yo miré sus esbeltas piernas y después mis pantorrillas y tobillos gordos, y dije: «Odio mis piernas!» En efecto, ¡yo misma!
había puesto una maldición sobre mis propias piernas! Juntos, Derek y yo, rompimos la maldición que yo había pronunciado sobre mis piernas más de treinta años antes. Creí entonces que ese sería el fin de la historia.
Nueve años después fui conducida a toda prisa en ambulancia al hospital en Jerusalén con trombosis (coágulos sanguíneos) en ambas piernas. Una embolia pulmonar (un coágulo sanguíneo que se había movido hasta los pulmones) casi llegó a costarme la vida. Parecía que aún había una maldición sobre mis piernas … y quizás sobre mi propia persona.
Desde entonces, hace ahora casi tres años, he luchado por mi salud… y mi vida. Fue dolorosamente obvio para nosotros dos que había fuerzas sobrenaturales que obraban sobre mi cuerpo físico. Mientras trabajábamos en este libro, comprendimos que todas las señales de maldición – referidas en el capítulo 5- se aplicaban a mí o a mi familia o a ambas. El liberarme de la maldición autoimpuesta fue únicamente el principio del proceso. El Espíritu Santo revelaba maldiciones ancestrales, maldiciones derivadas de la participación en el ocultismo, maldiciones resultado de pecados específicos y mucho más.
El renunciar a cualquiera y a todas las maldiciones ha sido un proceso prolongado, pero el Espíritu Santo ha sido maravillosamente paciente y minucioso. Con frecuencia nos ha dado dirección sobrenatural mediante palabras de ciencia y palabras de sabiduría. Hemos percibido el respaldo de la oración de miles de cristianos alrededor del mundo. Nuestro modo de pensar acerca del poder de la Escritura -y acerca de nosotros mismos- ha cambiado notablemente.
Muchas veces he preguntado a Dios: «¿Por qué le diste a Derek Prince una esposa con tantos problemas físicos, y tantísimas maldiciones sobre su vida?» (Quienes han leído «Dios es el Casamentero» recordarán que Dios me escogió específicamente a mí para ser la esposa de Derek.) No he recibido una respuesta directa a esa pregunta, pero estoy sumamente agradecida porque Dios me escogió a mí tal como estaba, para que él pudiera recibir la gloria mientras me sigue liberando y sanando.
Además, Derek y yo podemos afirmar que ¡hemos probado las verdades contenidas en este libro en nuestra experiencia personal! Todavía no gozo de salud perfecta, pero sé que en realidad la bendición prometida a Abraham es mía. Como sucedió con Abraham, para mí ha sido una peregrinación.
Nuestra oración es que «Bendición o maldición: ¡Usted puede escoger» lo libere y a otros a quienes usted trata de ayudar a entrar en la libertad completa ¡que es su herencia en Jesucristo!
Por: Ruth Prince
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