Siendo Libre de la Depresión

Mi nombre es Nabil Haddad. Soy un árabe palestino nacido en Haifa en 1938 de padres árabes cristianos. Recuerdo que desde mi más tierna infancia siempre me iba a la cama deprimido, hasta que determiné encontrar una forma de ser feliz. Sabía que mis padres me amaban, pero eso no cambiaba mi desdicha. Me convencí de que, si llegaba a ser rico y a tener éxito, sería feliz. Aquello se convirtió en mi meta.

En 1948 empezó la lucha entre los árabes y los judíos. Toda nuestra familia se trasladó al Líbano. Al final de la década de 1950 vine a los Estados Unidos a la universidad.

Una vez en los Estados Unidos, me dispuse a conseguir mi objetivo de tener dinero y éxito mediante la educación y los negocios. Durante los siguientes años, me casé, me hice ciudadano norteamericano empecé una familia y obtuve una franquicia para operar un restaurante de McDonald’s. A los treinta años ya era millonario. Sin embargo, la depresión no se apartaba de mí. Empecé a buscar cosas materiales -autos, viajes, recreación,  cualquier cosa que el dinero pudiera comprar- para ser feliz… más nada dio resultado.

Finalmente empecé a preguntarme: ¿Quién es este Jesús? ¿Quién es éste de quien la gente sigue hablando 2,000 años después de su muerte? ¿Quién es ése que alguna gente incluso llega a adorar?

Abrí la Biblia, deseando ver lo que este Jesús había dicho acerca de sí mismo, y una Presencia llenó la habitación y de alguna forma supe que Jesucristo es el Hijo de Dios. Empleé la mayor parte del siguiente año leyendo la Biblia y hablándole a mis amigos de Jesús. Pero aún me sentía deprimido. Durante este tiempo vendí mis nueve restaurantes McDonald’s por unos cuantos millones y emprendí un nuevo negocio.

Pero las cosas empezaron a ir mal y me deprimí todavía más. Comencé a dudar de Dios otra vez:

-¿Por qué, Señor? Antes de saber que Jesucristo es tu Hijo, me iba muy bien. ¡Y ahora todo anda mal!

Dios replicó:

-¿Qué has hecho tú con la revelación de que Jesucristo es mi Hijo? Nada ha cambiado en tu vida.

Incluso Satanás sabe que Jesucristo es mi Hijo.

-¿Qué quieres que haga Señor?

-Arrepiéntete y recíbelo en tu vida.

Encontré a alguien que podía enseñarme cómo orar. Me arrepentí y le pedí a Cristo que viniera a mi corazón. Pocos meses después, fui bautizado en el Espíritu Santo. Ahora tenía mi respuesta. ¡No volví a acostarme deprimido! Pero todavía mi vida no andaba bien. Mis negocios seguían cuesta abajo. Y otra vez me enfrenté al Señor.

-¡Señor! -le dije-, me engañaste. Antes que supiera nada de tu hijo Jesús, todo me iba muy bien.

Entonces me mostraste que él era tu Hijo, y las cosas empezaron a ir mal. ¡Más tarde lo recibí en mi vida, y ahora lo estoy perdiendo todo!

-¡Yo soy un Dios celoso! -replicó-. ¡Tu negocio es tu dios, tu Rolls Royce es tu dios, tu posición es tu dios! Voy a quitarte todos estos falsos dioses y a demostrarte quién es el verdadero Dios que vive.

Pero… ya te restauraré.

A los diez meses yo estaba en bancarrota. Poco después fui a Fort Lauderdale para asistir a un seminario llamado «Maldiciones: Causas y cura» impartido por Derek Prince. Aprendí que muchas dimensiones de mi vida estaban bajo una maldición: financiera, física, no disfrutaba de mis hijos, etcétera. Recuerdo que mi padre padeció la misma clase de problemas en su vida, y en la vida de otros miembros de la familia.

Al tercer día, cuando Derek guió a algunos cientos de personas en una oración para quedar libres de maldiciones, me puse de pie. La gente que estaba delante, detrás y cerca de mí, tuvieron manifestaciones físicas de liberación. Pero la mía no tuvo lugar en la reunión.

El siguiente día, por ocho horas seguidas, dolorosos vómitos me fueron liberando poco a poco de las maldiciones y de las restricciones que estaban pegadas muy dentro de mí. Cuando pregunté al Señor de qué me estaba liberando, me mostró la hechicería y muchos otros problemas específicos.

Durante meses el Señor continuó mostrándome otras maldiciones. Cada vez me arrepentía y reclamaba mi liberación, basándome en que Cristo se había hecho maldición por mí.

Un día que estaba adorando dije:

-¡Qué grande eres! Tú creaste el universo y todo lo que hay en él».

El Señor me preguntó si yo de veras creía eso, y le contesté:

-Sí, Señor.

Entonces me respondió:

¿Qué me dices del pueblo judío? Todavía abrigas resentimientos en tu corazón contra ellos.

Recordé que toda mi familia había maldecido siempre a los judíos. Me enseñaron a “odiarlos» desde mi más tierna infancia. Ahora, en la presencia del Señor, dije: «Renunci0 a cualquier resentimiento que pueda albergar mi corazón contra los judíos. ¡Los perdono!» Inmediatamente algo cambió dentro de mí. Poco después de esto vi lo que Dios en su Palabra había dicho a Abraham, el padre de los judíos, «Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré» (Génesis 12:3).

Entonces me percaté de que mis finanzas no habían estado bajo una bendición, sino bajo una maldición: una maldición de insuficiencia. Jamás había podido ganar suficiente dinero para cubrir mis necesidades. Incluso si ganaba $250,000, necesitaba $300,000. Más tarde, cuando ganaba $500,000, necesitaba $700,000 para cubrir mis gastos.

Desde 1982, cuando quedé libre de la maldición del antisemitismo y de la maldición de insuficiencia que estaba asociada con ella, mis ingresos han excedido siempre a mis gastos y a mis necesidades.

Y he podido «dar con liberalidad» a la obra del reino de Dios.

Dios también ha sanado mi cuerpo y mis emociones. Estoy totalmente libre de depresiones. Con toda certeza puedo decir que ando en victoria. Mi testimonio ha ayudado a muchos otros a librarse de la maldición y a vivir bajo la bendición de Dios.

Paso de Acción:

Lee en oración Romanos 4:1-18 y Gálatas 3:6-14. Usa tu diario (Curso Como Escuchar la Voz de Dios de la Escuela de Fuego) y habla con el Señor sobre la maldición puesta sobre aquellos que maldicen la simiente de Abraham. Pídele al Espíritu Santo que te revele cualquier cosa que hayas hecho para traer esta maldición sobre ti y tu familia.

Arrepiéntete de todos los pecados que te revele y sé obediente para cumplir cualquier acto de arrepentimiento o restitución que el Señor requiera de ti.

Tomado del Libro: Bendición o Maldición Por Dereck Prince

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