En Romanos 8:26, el Señor nos recuerda que no sabemos orar como debiéramos. Nuestro entendimiento es limitado. Tendemos a ver solo desde nuestra propia perspectiva. Nuestras mentes no siempre perciben los propósitos divinos. Sin embargo, tan a menudo nos olvidamos de nuestras limitaciones y creemos que sabemos lo suficiente como para decirle a Dios, qué hacer y cómo demos hacerlo. Y si no nos motiva la arrogancia, la ignorancia lo hace. Debemos tener una revelación del Señor para hacernos reconocer que nuestra debilidad en la oración es permanente, así que podríamos aprender a estar continuamente dependientes del Espíritu Santo.
Porque no sabemos orar como debiéramos, el Espíritu Santo trabaja a través de nosotros en nuestra debilidad. No necesitamos ocultar en nuestra debilidad, o esfuérzanos en nuestra debilidad. Debemos aprender a descansar en la dependencia en el Señor para que trabaje a través de nuestra fragilidad. Porque no sabemos cómo orar, Dios mismo asume el control en el proceso entero de la oración. Su fuerza se perfecciona en nuestra debilidad. Si nos entregamos a Él, toda la divinidad se involucrará en nuestra vida de oración.
Dios mismo será el iniciador de nuestras oraciones. Cuando se nos presenta una necesidad, si vamos ha esperar tranquilamente delante de él, el Espíritu Santo formará las palabras apropiadas para nosotros. Nos dice Eclesiastes:
“Cuando entres en la casa de Dios, abre los oídos y cierra la boca. El que presenta ofrendas a Dios sin pensar hace mal. No hagas promesas a la ligera y no te apresures a presentar tus asuntos delante de Dios. Después de todo, Dios está en el cielo, y tú estás aquí en la tierra. Por lo tanto, que sean pocas tus palabras.»(Ecle. 5:1, 2).
Si nosotros esperamos en nuestros corazones a través de adoración y nos ponemos en contacto con el Espíritu Santo que mora dentro de nosotros, Él nos revelará cómo debemos orar. Nos dará una frase o nos dará una visión o permitirá que sintamos Sus emociones.
Diferencia entre el cristianismo del Espiritu y la Nueva Era


La oración es estar perdido en el fluir del rio de Dios
Cuando el Espíritu Santo nos toma y se apodera de nosotros, nos da sabiduría acerca de cómo orar, entonces podemos hablar lo que él nos ha revelado. Si nosotros oramos en todo momento en el Espíritu, nuestras oraciones serán inspiradas, guiados, energizadas y sostenidas por el Espíritu Santo. Dice Primera de Juan
«Y estamos seguros de que él nos oye cada vez que le pedimos algo que le agrada; y como sabemos que él nos oye cuando le hacemos nuestras peticiones, también sabemos que nos dará lo que le pedimos.»(1Jn. 5:14, 15).
Si oramos con los susurros del Espíritu Santo dentro de nosotros, sabemos que estamos orando conforme a su voluntad. A veces nos sentimos presionados a orar sin sentir o todavía sintonizarnos en escuchar la voz del Espíritu Santo. Especialmente esto me sucede cuando me llaman a orar en grupos. Siento que debo decir inmediatamente algo, cualquier cosa, incluso si no es exactamente lo que quiere el Espíritu, que diga. Se necesita coraje para esperar en silencio hasta que sienta que es el movimiento de Dios. Admito que a veces cedo a la presión y hablo de mi propio corazón.
Pero ¿cuál es el motivo de la oración si sólo es para llenar un incómodo silencio? Sin duda vale la pena la vergüenza momentánea para saber que Dios me escucha y se que Él me responderá.
El Espíritu Santo no es la única persona de la Trinidad involucrada en nuestras oraciones. El mismo Jesús está sentado al lado derecha del Padre, presentando nuestras oraciones y Él intercede por nosotros. La oración es una actividad entre la divinidad y el creyente y yo estoy perdido en el fluir con el Padre del Hijo y el Espíritu Santo.



